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domingo, 17 de julio de 2016

De medallas y palos borrachos


Córdoba, una postal de la ciudad en primavera.
POR RAQUEL GARZÓN  (Revista Ñ. Clarín)  Etiquetado como:Edición Impresa


                                                           Mi papá fue el argentino más orgulloso de serlo que conocí jamás. “Acordate de esto, Raque, no sucede en ninguna otra parte”, me dijo mordisqueando una empanada la noche que llegamos a Santiago del Estero (yo tendría unos 10 años) y preguntando, aterrizamos sin conocer a nadie en la casa de los Carabajal, sólo para saludar a la madre de los folcloristas por su cumpleaños (una fiesta popular en la ciudad) y nos invitaron a comer, así porque sí.

Su fervor –nunca acrítico– me marcó muy pronto. Estaba decidido que yo iba a llamarme como su hermana, mi madrina, pero cuando volvió del registro civil le mostró a mi mamá un dni con dos nombres: “Raquel Patricia”. Ante la sorpresa de todos, contestó como si fuera de lo más natural para un médico sin parentescos militares: “El segundo es por el Regimiento de Patricios, el primero de la Patria”, un cuerpo nacido de un grupo de voluntarios que resistió la invasión inglesa de 1806.

Todo eso que él llamaba Patria –de las púas de los palos borrachos al cielo de Córdoba – lo definía de un modo íntimo. Y sé que más allá de las insistencias escolares (vuelven a mí imágenes de decenas de escarapelas: de tela, de lana, de metal, redondas, tipo moñito, con forma de bandera...), en ese honesto empeño suyo de 80 años, se tramó la más auténtica noción de lo que yo entiendo por ella: el hambre por construir un nosotros, que nos contenga sin idealizaciones y se haga cargo, para revertir lo que haga falta, no sólo de los que consideramos valores (una creatividad salvaje e inoxidable, por ejemplo), sino también de eso que nos lacera e indigna (de la violencia fraticida a la viveza criolla).

Cuando mi viejo murió, conservaba aún una réplica de la bandera federal de Artigas sobre el escritorio, y no recordaba muchas de las anécdotas patrióticas que nos había contado de chicos, una ristra que desgranó en ocho libros de Historia argentina vista desde el interior del país, pero repetía que escribirlos lo había hecho feliz. Tiempo antes, dejando de lado sus reproches para con 1810 y la que consideraba “una revolución sólo porteña”, había empezado a esperar el Bicentenario, coleccionando medallas y monedas acuñadas en el Centenario, anhelando el doblete con una rara emoción. Esa colección todavía lo dice de algún modo para sus nietos.


En las páginas que siguen, 21 artistas comparten su personalísima versión de Patria. Sé que de los 667 números que Ñ lleva en la calle, este es el que más le hubiera gustado a mi patriota favorito.

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